Hacia el 4o. Cine prólogo: un cine marginal
Manuel Michel
"Dime qué cine ves y qué cine haces, y te diré
quién eres." Esta paráfrasis del refrán
popular es cada día más válida, pues no hay duda
de que existe una ten-dencia progresivamente agudizada a identificar el
país con las películas que en él se originan. Y en
efecto, el cine, más que la literatura y que la música
o la danza, parece portador de una imagen completa en la que fluyen
todos los rasgos peculiares de las formas de vida, de la historia y
del comportamiento de un país. Quizá sea falso apreciar
el conjunto de un país por una expresión que, como
la fílmica, está sujeta a tantos intereses creados, a
tantos avatares económicos y a tantas circunstancias de orden
técnico. Sin embargo, no es falso en su totalidad y la prueba de
ello, aun cuando sea lo contrario, es la censura vigente en casi todas
partes, limitativa de temas sociales y políticos.
Entre todas las formas cinematográficas, la más castigada
en nuestro país es la del cine documental. Si en todo el mundo es,
en mayor o menor medida, considerado como un complemento de programa,
este hecho se agrava en México. Ya no diga-mos el cine educativo
o el científico, que tienen una existencia raquítica
por razones económicas obvias; el cine documental, en cuya
producción se invierten anual-mente sumas muy importantes, es
usado simplemente como relleno de programa, como medio publicitario,
como negocio (por los exhibidores y por los productores). Hasta ahora
se le ha subestimado como una forma estética y se le ha relegado
totalmente como un portador de la imagen de la vida, la historia, el
arte y todo lo referente a la existencia de nuestra nación. Los
espectadores de nuestras salas reciben, por el precio de entrada, una
verdadera agresión de cortos publicitarios y turísticos,
en los que se les obliga a ver las mismas imágenes repetidas
hasta la saciedad. Y si se trata de cortos extranjeros, se nos infieren
viejísimos travelogues de Fitzpatrick o noticieros anodinos que
no tienen siquiera la más mínima actualidad.
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Un cine marginal y un cine de relleno. Está supeditado a muchos
intereses absurdos, mal distribuido, pero sobre todo mal hecho, aburrido
y carente no sólo de genio sino de la menor sombra de ingenio, de
talento y de eficacia. Podemos pensar que en el fondo ése es un
problema de la competencia de los publicistas, porque al fin y al cabo
el 90% de los cortos realizados en México es de carácter
publicitario, ya sea de los sectores privados, ya de los oficiales. Y
si su eficacia es nula gracias a la forma primitiva en que están
concebidos, es problema de los comanditarios y de sus publicistas. Pero
no hay que olvidar la parte que corresponde al sector gubernamental, que
sufre del mismo tratamiento elemental y directo que los cortos destinados
a dar una imagen favorable de las actividades de la industria y el
comercio. En ningún caso puede negarse que su eficacia depende
tanto de su tratamiento estético como de su originalidad.
Este cine marginal, relegado al cumplimiento de tareas que
están muy por de-bajo de sus capacidades, podría ser
un insospechado medio de difusión de una imagen realista de
nuestro país. Por su naturaleza propia, el cine de cortometraje,
documental o de otro tipo, ofrece muchas más posibilidades
expresivas que el propio largometraje, mucho más costoso,
más sujeto a jugar en el engranaje de las utilidades de la
taquilla y por ende menos libre. El cortometraje es, incluso, un camino
con sus propias leyes, como el género corto de la literatura. No
hay que olvidar, por principio de cuentas, que el cine es un lenguaje,
una forma de expresión, adaptable a todos los requerimientos
del pensamiento y la cultura. Así, el cortometraje puede ser
una o mil formas de ensayo respecto a su forma, a su contenido y a
su técnica misma. Lo mismo puede ser el documental —en
el cual la enumeración temática es inagotable—
que el ensayo histórico, artístico, ideológico o
simplemente formal, en cuya realización podrán emplearse
todos los recursos técnicos de que dispone el cine. Así
hemos visto filmes realizados con película "rancia" de noticieros
antiguos, que nos dan la exacta sensación de que gracias al cine
el tiempo ha quedado suspendido para siempre.
Un cine de ensayo supone el empleo de un lenguaje propio de su naturaleza
para expresar cuanto se tenga en mente, cuanto nos sugiera la realidad
exterior o interior. Asimismo es testimonio, conciencia y espejo de
nuestra época, del instante fugaz, de las acciones que se olvidan
una vez consumadas. La inauguración de una presa, de una central
eléctrica o de una tienda de ropa, son iguales a las de otra presa,
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otra central u otra tienda. En cambio, un gesto o una mirada, el rostro
de un niño, de una mujer, son irrepetibles y únicos. Como
testimonio, el cine "documental" que se produce en nuestro país
tiene un valor bien fugaz y relativo. Hasta ahora, en raras ocasiones
podemos sentir que existe un nexo de solidaridad entre esas bandas
llamadas "de actualidad" y "noticias," y la realidad de nuestra sociedad.
Quiero mencionar, como ejemplo, el caso de las clases marginadas. En
nuestro país, y en función del cine, no existen. Ni
ellos ni los enfermos. Existen, sí, remedios a la pobreza y
a la enfermedad, repartos de tierra y de comida, de pollos vivos, de
medicinas, de ropa en momentos de catástrofe nacional; existen
los hospitales y sus instalaciones. Pero los pobres y los enfermos,
es decir, la catástrofe permanente, no existen. De Los
olvidados todo mundo se acuerda, conforme a los decretos oficiales
y al "cine documental". Pero su inexistencia fílmica obedece a
pretextos que pueden ser los siguientes: se están combatiendo
y resolviendo los problemas; los pobres son tema demagógico,
hay que ocultarlos porque son deprimentes y perjudican la moral de
la nación que marcha al progreso; empañan la imagen
de nuestro país en el extranjero; son melodra-máticos;
ellos mismos se rehusan a verse y quieren divertirse; son vulgares. Y
no saben, quienes piensan así, en qué forma podría
movilizarse la fuerza popular si se le hicieran ver sus problemas, si se
les educara y enseñara a conocerse para que se organizaran. Y la
historia, el arte, la auténtica vida nacional, el comportamiento
del mexicano en la vida del trabajo y en el descanso? ¿Acaso hay
los mismos pretextos para ocultarlos e ignorarlos?
Un doble aspecto formativo presenta el cortometraje: con relación
al público y respecto a sus creadores. El primero está
ya más que sugerido en el contexto de los párrafos
anteriores y comprende la difusión de conocimientos, el
estímulo a la reflexión sobre nuestros problemas, la
formación estética del público, la di-versión
sin envilecimiento, la posibilidad de salir hacia otros horizontes
por la puerta maravillosamente sugerente de la pantalla. Una
producción racional del cortometraje y del documental nos
permitiría, al mejorar sus cualidades estéticas y
expresivas, un intercambio con otros países e incluso programar
su difusión de manera coherente y eficaz. La segunda cara de
este aspecto formativo, es la posibilidad de ensayo, práctica y
afirmación de los conocimientos que exige el manejo de la forma
cinematográfica. Nuevos grupos y nuevas generaciones de
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cineastas se formarían sin las exigencias y las limitaciones que
puede imponer el largometraje. Es obvio que muchos de los realizadores
de cortos y documentales no accederían a la industria del
largometraje. Tanto mejor.
Los autores de ensayos y los creadores de cuentos no tienen por
qué intentar otro género como la novela; ni los autores de
ciencia-ficción van a creer que la consagración verdadera
es el nouveau-roman o los sonetos. Ya sería una ganancia que
de un movimiento de renovación que se iniciara por el género
corto del cine, quedaran algunos autores que rompieran con nuestra ominosa
situación en la que mercaderes improvisados en cineastas explotan
el cine documental sin otra finalidad que la del lucro.
Además, nada tan susceptible de llevar la imagen de todo lo
que significa nuestro país, como el cine documental: desde las
bellezas naturales y las obras hechas por el hombre, hasta las obras
literarias que reflejan nuestra vida y nuestros problemas. Quien tenga
alguna experiencia de viajes al extranjero, podrá dar testimonio
del vacío que existe en nuestras sedes diplomáticas
con relación al material fílmico. Si con frecuencia
ocurre que algunos turistas con pretensiones literarias se expresen en
términos demasiado subjetivos y equivocados de nuestro país,
no será condenuncias ni con gritos como podamos modificar las ideas
que circulen acerca de nuestra vida nacional. Pero tampoco será a
través de filmes de propaganda industrial, porque zapatos, acero,
automóviles y ali-mentos enlatados se producen en todo el mundo y
sobre todo en esos países a los que pretendemos hacer llegar una
imagen real de México. Tampoco será con cortitos mediocres
hechos por gente improvisada. Si tenemos el medio más formidable
de dar a conocer nuestro arte, nuestras costumbres, nuestros problemas,
nuestra realidad social, es absurdo no usarlo de una manera digna, audaz,
culta y consciente. Ese medio es el cine de cortometraje, en el que se
incluyen tanto documentales como ensayos de todos los géneros y
de todos los temas.
Si las películas de largometraje han dañado la imagen de
México, no sólo en el ex-tranjero sino en nuestro propio
territorio, el remedio está al alcance de la mano. Es un remedio
eficaz, si se aplica con inteligencia y con ambiciones. Especialistas de
todos los campos de la cultura, en colaboración con los cineastas
cuyo buen gusto, originalidad y sensibilidad se hayan puesto aprueba,
pueden integrarse en equipos para realizar trabajos fílmicos
dignos de mostrar la imagen multi-forme de México.
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Es doloroso ver el desperdicio de tantas energías y tantos recursos
intelectuales y económicos.
La historia del cine de otros países puede servirnos como
ejemplo y modelo de aprovechamiento de los recursos fílmicos en
el campo documental. Recordermos el movimiento iniciado a partir de
1918 en la Unión Soviética, que creó las series
documentales-propagandísticas Kino-Pravda (Cine Verdad)
y Kino-Glaz (Cine Ojo). La historia de ese apasionante periodo
quedó recogida en imágenes que ninguna descripción
verbal puede igualar. En Inglaterra se creó un vasto movimiento
documental que a lo largo de dos décadas (treinta y cuarenta)
dio obras ilustres de autores como Grierson, Paul Rotha, Cavalcanti
y muchos más. De este movimiento clásico —y en
oposición a él como un resultado de la dialéctica
vital— surgiría otro, en muchos casos apoyado por los
maestros que lo precedieron, que a lo largo de los años cincuenta
iba a captar la imagen viva de la Gran Bretaña. Se hicieron muchas
series, entre ellas la de "El mundo de los niños", "El cuadro
dinámico", "El nuevo documental", y sobre todo "Free cinema",
del que surgieron los renovadores del actual cine británico
de largometraje. Ningún Karel Reisz, Tony Richardson o Walter
Lassally surge por generación espontánea. Se forman en un
medio propicio. Y para ellos ese medio fue la tradición documental
inglesa y el movimiento animado por Lindsay Anderson que se llamó
"Free Cinema."
La lista de menciones sería interminable: Francia, Estados Unidos,
Polonia, Checoeslovaquia, Italia, Suecia, Bélgica; todos ellos
son países en los que la producción oficial o patrocinada
por capitales privados dedica al cine experimental y documental de
cortometraje esfuerzos importantes, en beneficio de la difusión
de su cultura.
Las exigencias de la distribución y exhibición que han
relegado el cortometraje a la condición de cine marginal no han
impedido su florecimiento. Muchas instituciones oficiales han propiciado
incluso la producción de este género de cine para hacerlo
vivir. Existen muchas soluciones viables en nuestro país, no
sólo para estimular y organizar la creación demovimientos
de cortometraje experimental, sino también para resolver los
problemas de la distribución y exhibición de cortos
nacionales y extranjeros.
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Quede, pues, simplemente establecida la necesidad y la utilidad
múltiple de conceder atención a un género
cinematográfico que con justa visión se considera de
importancia vital en otros países.
En la medida en que el cortometraje documental o de ensayo se desarrolle,
se abrirán nuevos campos de actividad, no sólo para quienes
aspiren a expresarse por medio del cine en tanto que realizadores, sino
también para muchos intelectuales y artistas que podrán
descubrir un nuevo medio de comunicación en el trabajo conjunto con
el cineasta, una forma eficaz de llevar al gran público el fruto
de sus investigaciones. Pienso, sobre todo, en el antropólogo,
en el historiador, en el poeta, en el economista, en el geógrafo,
en el crítico de arte, en fin, en todos aquellos cuya actividad
y pensamiento están en relación directa con el desarrollo
de la vida de nuestra sociedad.
Por lo demás, en el fondo sólo se trata de poner al
día este cine marginal que vegeta en un retraso de lustros con
respecto a lo que se realiza en otros países.
Tomado de la Revista de Bellas Artes, número 3, 1965,
con autorización del autor.
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